En 1946, la política argentina se partió en dos con un grito popular: “Braden o Perón”. No era solo un eslogan electoral, sino la respuesta a la injerencia extranjera en la vida política nacional.
Casi ocho décadas después, la historia parece repetirse bajo otros nombres. La designación de Scott Bessent como secretario del Tesoro norteamericano es un dato que no pasa desapercibido. No es un funcionario más: es un actor clave en la estrategia global de Washington para ordenar el tablero financiero e imponer disciplina a las economías periféricas.
La Argentina enfrenta entonces un dilema. Por un lado, el alineamiento incondicional con Estados Unidos: una ruta que promete acceso a financiamiento pero a cambio de resignar márgenes de decisión interna. En esa vía, el Tesoro y el FMI terminan marcando la agenda económica nacional.
Por otro, la opción del multilateralismo con soberanía. Significa diversificar vínculos, fortalecer alianzas regionales, negociar con Europa y Asia, y defender la independencia económica. En la práctica, implica no depender de un solo actor externo, sino construir un frente propio para el desarrollo.
La pregunta de fondo vuelve a ser la misma que en 1946: ¿aceptaremos que un poder extranjero condicione la política argentina o vamos a sostener un rumbo que priorice los intereses nacionales?
Porque como decía Perón, no hay justicia social ni proyecto político posible sin independencia económica. Hoy, el dilema puede resumirse otra vez en dos palabras: Bessent o Perón.