Dos años después del “shock” que significó la llegada de Javier Milei a la Casa Rosada, la foto que devuelve la encuesta es nítida: Argentina se partió en mitades. En términos de clima político general, el Gobierno está en un punto de equilibrio inestable: 48,5% aprueba y 51% desaprueba. No hay “zona gris”: el “no sabe” es marginal.
Esa división, por sí sola, no sorprende: la política argentina suele oscilar entre bloques. Lo relevante es cómo se sostiene Milei aun cuando el dato más sensible —la economía doméstica— le juega en contra: 49,7% dice que empeoró desde que él es presidente, contra 20,6% que está mejor y otro 20,5% que está igual de bien.
En Argentina, el bolsillo suele ser sentencia. Sin embargo, acá aparece la primera clave política: el malestar económico no se traduce automáticamente en derrumbe del poder presidencial. El propio informe lo plantea: hay erosión del humor social, pero el “núcleo duro” se mantiene por identidad y por rechazo a lo anterior, y la etapa está marcada por incertidumbre sobre el rumbo del país.
1) El dato decisivo: la grieta ya no es solo ideológica, es de “pertenencia”
La aprobación (48,5%) y la desaprobación (51%) dibujan una paridad, pero lo político no se explica únicamente con porcentajes. Se explica con intensidad. Y la intensidad, hoy, parece estar del lado del oficialismo: hay un segmento que, aun insatisfecho con su economía personal, permanece alineado con la promesa de ruptura.
Esto no significa que Milei tenga “cheque en blanco” (el informe remarca que ese clima ya no está). Significa algo más complejo: en ausencia de certezas compartidas, la narrativa de ruptura todavía conserva atractivo.
Políticamente, esa es una ventaja enorme: cuando la alternativa no entusiasma o no ordena, el oficialismo puede sobrevivir incluso con costos económicos.
2) Milei y 2027: el oficialismo aguanta, pero no “gana por abandono”
Cuando se pregunta por una eventual reelección, el número es más duro: 54,5% dice que no lo votaría y 38,1% que sí.
A primera vista, eso parece una señal de alerta roja. Pero, políticamente, también muestra otra cosa: hay un piso electoral significativo a dos años de iniciada la gestión, aun con la mitad diciendo que está peor.
El problema para Milei no es solo el “no” mayoritario. Es cómo convertir el apoyo identitario en mayoría social. Y ahí entra el segundo eje: resultados palpables (no discursos), y una administración del conflicto inteligente: elegir batallas, administrar agenda y evitar cruzar límites sociales que generen rechazo transversal.
3) La crisis de representación: el peronismo bajo la lupa social
Hay una frase de la encuesta que es dinamita política: 53,1% está de acuerdo con que “el peronismo ya no representa el mapa social argentino” (34,8% en desacuerdo; 12,1% no sabe).
Esto importa por tres razones:
1. Desordena a la oposición principal. Si una parte mayoritaria percibe que el peronismo “ya no representa”, el opositor tradicional pierde la condición de “refugio natural” del descontento.
2. Le da oxígeno al oficialismo. El malestar con el presente no migra en forma lineal a un adversario que la sociedad siente desconectado.
3. Abre el juego a nuevas ofertas. Si la representación está en crisis, aparecen ventanas para fuerzas provinciales, coaliciones locales y liderazgos no tradicionales (algo especialmente relevante en el interior).
En criollo: el peronismo no solo enfrenta una disputa de liderazgos; enfrenta una disputa de sentido: qué significa hoy “representar” a un país socialmente fragmentado.
4) Tolerancia social y ética pública: un riesgo de época
Otro dato es inquietante: 56,7% acuerda con que “hoy existe más predisposición a mirar hacia otro lado frente a posibles hechos de corrupción en el gobierno”.
Este punto no acusa a nadie en particular; mide clima. Y el clima habla de dos cosas:
Fatiga moral: “que roben pero hagan” reversionado para tiempos de crisis.
Polarización defensiva: si “los míos” gobiernan, relativizo; si “los otros” gobiernan, condeno.
Para un sistema democrático, esto es corrosivo: la democracia no se sostiene solo con elecciones, se sostiene con controles y límites.
5) Democracia y jóvenes: la política ya no es épica, es administración de expectativas
La encuesta también marca que 75,9% acuerda con la idea de que “los jóvenes perciben la democracia como un bien ya adquirido, más que como una conquista que deben defender”.
Esto es clave para leer el presente: no hay una “mística” democrática que ordene la conversación pública. La política se evalúa como servicio: ¿funciona o no funciona? ¿me resuelve algo o no?
Y ahí Milei tiene una oportunidad y un riesgo: oportunidad si logra resultados; riesgo si la frustración se convierte en cinismo generalizado.
6) El tablero: fortaleza legislativa y obligación de gestión
El informe señala que el oficialismo “estrena una nueva fortaleza política” con “mejores números legislativos”, pero advierte que deberá mostrar resultados concretos.
Esto es central: la etapa de “instalación” ya pasó. En el año dos, la política deja de ser relato y pasa a ser capacidad de gobernar: negociar, sostener alianzas, administrar conflictos sociales y mantener el orden institucional.
Por lo tanto, Milei no está “caído”, pero tampoco “consolidado”
Si uno tuviera que sintetizar en una línea el estado de situación, sería esta: Milei conserva base y competitividad política, aun con desgaste social; pero la Argentina no le concede mayoría estable.
La encuesta describe un país partido, con economía doméstica resentida y un horizonte incierto; y al mismo tiempo, describe un oficialismo que sigue siendo opción para una porción relevante, en parte porque la oposición no logra encarnar una alternativa de representación convincente.
De acá a 2027, la pregunta política no es solo qué hace Milei. Es también qué hace el resto del sistema: si construye una alternativa creíble, moderna y socialmente representativa; o si se limita a esperar que el desgaste ajeno haga el trabajo solo. En Argentina, ese cálculo casi siempre sale caro.