La evolución de la opinión pública sobre la gestión de Javier Milei empieza a mostrar un dato que no puede ser ignorado: el deterioro sostenido de la aprobación.
La encuesta de Zuban Córdoba es contundente. Hoy, un 58,7% desaprueba la gestión, mientras que apenas un 35,4% la aprueba. Pero más importante que la foto es la película: en pocos meses, el apoyo cayó más de 10 puntos y la desaprobación volvió a crecer después de una leve estabilización.
¿Qué significa esto en términos políticos?
Primero, que el ajuste tiene un límite social. Al inicio, una parte importante de la sociedad estaba dispuesta a tolerar el impacto económico con la expectativa de una mejora futura. Hoy esa paciencia empieza a agotarse.
Segundo, que el Gobierno enfrenta un problema clásico: cuando baja la expectativa y no mejora la realidad, aparece el desgaste.
La curva es clara: desde octubre, la desaprobación cae, se estabiliza y vuelve a subir. Es un rebote negativo.
Tercero, el dato del “no sabe” que crece (5,9%) no es menor. Es el inicio de un segmento que empieza a desengancharse emocionalmente del proceso político, algo que suele anticipar cambios de clima más profundos.
Ahora bien, esto no implica automáticamente una crisis política. Milei aún conserva un núcleo duro de apoyo relevante. Pero sí marca un punto clave: el respaldo ya no se expande, se contrae.
Y en política, cuando el apoyo deja de crecer, el escenario cambia.
El desafío hacia adelante es evidente:
O el Gobierno logra mostrar resultados concretos en la vida cotidiana,
o la narrativa del sacrificio pierde fuerza.
Porque hay algo que la historia política argentina enseña con claridad:
la sociedad puede soportar ajustes, pero no la incertidumbre permanente.
En ese contexto, la oposición también tiene una responsabilidad. No alcanza con señalar errores. Debe ofrecer una alternativa creíble, racional y viable. Menos confrontación estéril y más propuestas concretas.
El dato está sobre la mesa.
La tendencia también.
Ahora empieza la verdadera prueba: convertir el rumbo económico en resultados tangibles antes de que el desgaste se transforme en rechazo estructural.