Durante meses, Javier Milei descalificó a quienes osaban cuestionar su plan económico. Economistas, periodistas, políticos e incluso trabajadores fueron objeto de burlas, insultos y comparaciones zoológicas. "Mandriles", los llamó. Los acusó de ser simios incapaces de entender su "revolución libertaria". Hoy, cuando los datos golpean la puerta de la realidad, resulta que los "mandriles" tenían razón.
El consumo cayó a niveles históricos. El INDEC muestra una contracción del poder adquisitivo que no se veía desde las grandes crisis nacionales. Las góndolas están vacías de compradores. Los locales comerciales de los barrios cierran sus persianas. Las fábricas suspenden personal. Las pequeñas y medianas empresas que sostienen el empleo en Argentina están al borde del abismo.
La pobreza, lejos de reducirse como prometió la motosierra, se disparó. El Observatorio de la Deuda Social Argentina ya habla de más del 55% de la población por debajo de la línea de pobreza. Los jubilados, los niños, los trabajadores informales, las mujeres solas con hijos: todos golpeados por el ajuste que Milei celebró en las redes como si se tratara de un logro moral.
El presidente dijo que su plan tenía como objetivo "reconstruir la Argentina", pero está claro que lo está desmantelando. El superávit fiscal a costa de paralizar la obra pública, despedir personal estatal y licuar jubilaciones no es un mérito: es una señal de desprecio por la función social del Estado.
Los “mandriles”, los mismos que advirtieron que no se podía dolarizar sin reservas, que la apertura financiera sin controles generaría fuga de capitales, que el modelo de "shock" afectaría a los más vulnerables, hoy solo pueden señalar los resultados: caída del PBI, aumento de la desigualdad, crisis alimentaria, colapso del sistema universitario y creciente inseguridad.
Y sin embargo, no hay autocrítica. No hay corrección de rumbo. Solo más furia tuitera, más enemigos inventados, más cinismo ideológico. Se gobierna desde el resentimiento y no desde la responsabilidad.
Los “mandriles” no quieren que fracase el gobierno. Quieren que no fracase el país. Pero para que eso ocurra, hace falta escuchar, ceder, comprender que gobernar no es gritar más fuerte, sino resolver mejor.
Tal vez, algún día, Milei entienda que no se trata de animales, sino de ciudadanos. Y que la historia no se escribe con apodos, sino con hechos. Y esos hechos, lamentablemente para él, hoy no son buenas noticias.