En tiempos en que la Argentina parece debatirse entre la disolución del tejido nacional y la concentración brutal de poder en la Ciudad de Buenos Aires, el tucumanismo emerge como una respuesta política, histórica y emocional.
Esta postura es la continuidad de una tradición que rescata el legado de quienes, desde el norte del país, defendieron la dignidad del interior frente a los intentos de sometimiento porteño.
Una herencia de lucha y soberanía
En 1816, Tucumán no solo fue sede del Congreso que declaró la Independencia. Fue, sobre todo, el corazón político de un país que nacía lejos del puerto y se afirmaba con decisión desde sus provincias. Aquella gesta no fue un gesto simbólico, sino un acto concreto de soberanía regional. El peronismo tucumano, al levantar hoy esa bandera, no hace más que continuar ese mandato histórico.
Bernabé Aráoz: el primer tucumanista
Bernabé Aráoz fue uno de los primeros en oponerse al centralismo bonaerense. En 1820, fundó la efímera pero simbólica República del Tucumán, un intento audaz de organizar el poder político desde el norte. No fue un gesto de secesión, sino de resistencia a la pretensión hegemónica de Buenos Aires.
Los caudillos del NOA: dignidad y coraje
A lo largo del siglo XIX, varios líderes del interior se enfrentaron a ese modelo extractivista y autoritario. El general José María Paz desde Córdoba, Felipe Varela en el noroeste, Ángel Vicente “El Chacho” Peñaloza en La Rioja y Estanislao López en Santa Fe, fueron parte de esa resistencia federal. Todos con sus matices, todos con su pueblo. Todos enfrentando el centralismo porteño con ideas, montoneras y coraje.
Tucumán hoy: unidad, federalismo y dignidad
Hoy, cuando el Gobierno Nacional intenta disciplinar a las provincias recortando recursos, minimizando sus voces y despreciando sus necesidades, el peronismo tucumano se planta con firmeza. No en nombre de un partido, sino de un pueblo.
En ese sentido, el liderazgo del gobernador Osvaldo Jaldo encarna esa voluntad de autonomía política y orgullo provincial. Su defensa de los recursos, de la obra pública y del aparato productivo local no es capricho, es supervivencia. Tucumán no pide privilegios: exige respeto.
El tucumanismo, así entendido, es más que una corriente política. Es una identidad enraizada en la historia, un modo de mirar el país desde el interior profundo. No contra Buenos Aires, sino contra el centralismo. No por revancha, sino por equilibrio.