En la política, la palabra libertad debería ser sinónimo de participación, transparencia y respeto por las bases. Sin embargo, lo que estamos viendo en la conformación de la lista de diputados nacionales de La Libertad Avanza en Tucumán es exactamente lo contrario: un ejercicio verticalista del poder, al mejor estilo de los viejos aparatos políticos a los que tanto dicen combatir.
La nómina que circula —y que encabezan Federico Pelli, Soledad Molinuevo, Manuel Guisone y Celina Moisa como titulares, junto a Enzo Ferreira, Milva Albarracín y Gustavo Choua como suplentes— no es fruto de un debate interno, ni de una votación abierta entre militantes. Es la lista “puesta a dedo” por Karina Milei y Lisandro Catalán, dos dirigentes que han decidido apostar por nombres prácticamente desconocidos, dejando afuera a referentes con trayectoria, trabajo territorial y peso político real.
Quedaron marginados José Macome, Sebastián Salazar, Mariano Campero y José Seleme, Gerardo Huesen, Matias Sabate figuras que, más allá de las diferencias ideológicas, representaban a sectores activos y con legitimidad para participar. En su lugar, se optó por un esquema cerrado, de laboratorio, donde la construcción política se reduce a acuerdos de cúpula.
El resultado es claro: una lista débil, sin anclaje en la ciudadanía, sin voces reconocidas por la gente y con un origen que contradice el discurso libertario. Porque no hay nada más alejado de la libertad que la imposición. Y en política, cuando el dedo reemplaza al voto interno, lo que se siembra es división y lo que se cosecha es fracaso.
La ciudadanía merece saberlo: lo que se presenta como una renovación, en realidad, es el mismo viejo vicio del dedo, esta vez con etiqueta libertaria.