Javier Milei llegó al poder con una premisa: el Banco Central era “el padre de todos los males” de la Argentina. Su objetivo era cerrarlo para siempre y liberar al mercado de toda atadura. Sin embargo, a menos de un año de gestión, la realidad lo empujó a un camino opuesto: hoy, el Banco Central y el Tesoro Nacional intervienen de manera coordinada en el mercado cambiario para evitar un desborde que pulverice la economía.
La consecuencia es clara: el dólar dejó de flotar libremente. El discurso libertario de la no intervención quedó en el olvido y fue reemplazado por una práctica estatal que contradice la esencia del mileísmo. Ya no se trata de un mercado que se regula por la oferta y la demanda: es el Estado el que opera con reservas y deuda para sostener artificialmente el tipo de cambio.
Esa intervención conjunta genera un doble efecto. Por un lado, contiene transitoriamente la corrida. Pero, por otro, el costo se traslada a la inflación y a los precios. Lo que el gobierno gana en apariencia de estabilidad cambiaria lo pierde en góndolas, en farmacias, en boletas de luz y gas. El intervencionismo estatal que Milei criticaba con furia hoy es su única tabla de salvación, aunque lo niegue en público.
La contradicción desnuda un descalabro financiero profundo: reservas en niveles críticos, deuda en expansión, inflación que no cede y una recesión extendida. El autoproclamado “especialista en deuda” terminó atrapado en la misma trampa que denunciaba. Cono y sin dinero, la economía argentina enfrenta el ajuste más duro en décadas, sin horizonte de desarrollo ni plan de salida.
El pueblo argentino paga las consecuencias: salarios pulverizados, caída del consumo, pérdida de empleos y desesperanza. Milei prometió libertad, pero entrega más dependencia del Fondo Monetario, más deuda y un Estado que interviene sin rumbo. La incoherencia es evidente: quien juró dinamitar al Banco Central lo convirtió en socio inseparable del Tesoro para intervenir a diario en un mercado que ya no es libre.
La gran incógnita es cuánto tiempo podrá sostenerse esta ficción. Porque la flotación libre ya no existe: lo que impera es un intervencionismo forzado, disfrazado de ortodoxia, que hipoteca el presente y compromete el futuro.