Acuciado por la aplastante derrota ante el justicialismo en la provincia de Buenos Aires, el presidente intenta enviar señales de fortaleza y continuidad. Sin embargo, lo hace sin efectuar cambios de fondo en su política económica ni en la estrategia general de su gobierno.
En las reuniones de gabinete aparecen los mismos personajes, en los mismos lugares, como si nada hubiera cambiado. No hay gestos de autocrítica ni apertura a nuevas ideas; al contrario, se reafirma la presencia de quienes han sido tanto los autores intelectuales como los ejecutores de un modelo económico que hoy tiene a la nación sumida en la recesión, la incertidumbre y la desesperanza social.
La llamada “mesa chica” del poder se ha transformado en la mesa de la no política. No se discuten alternativas, no se asumen responsabilidades y no se proyectan soluciones estructurales. La política —entendida como el arte de transformar la realidad a partir del diálogo y el consenso— está ausente. Lo que predomina es la obstinación en repetir fórmulas que ya fracasaron.
El resultado es un círculo vicioso: crisis económica, malestar social, derrota electoral y, frente a eso, más de lo mismo. Así, los rostros de siempre se sientan alrededor de la mesa, mientras afuera crece la desilusión ciudadana y la sensación de que el futuro no se construye con anuncios ni puestas en escena, sino con decisiones valientes y cambios verdaderos.